¿Juan Pablo Guerrero?
- ¿Juan Pablo Guerrero?
- Soy yo, dijo.
- Pásenle.
Entramos. A Juan Pablo le piden sentarse en una camilla, típica de consultorio.
El doctor, demasiado joven, tomó una pluma que sacó de la bolsa de su bata blanca, en la que había un bordado rojo de “50 Aniversario”. No. Me equivoqué. No es una pluma, es una lámpara con la que apuntó a cada uno de los ojos de su paciente.
Estoy pensando que tal vez supone que viene drogado o intoxicado y por eso ve el tamaño de sus pupilas. Con el estetoscopio le escucha los latidos del corazón; luego lo hace respirar lentamente y sacar el aire varias veces. Le toma los reflejos dándole un golpe a cada rodilla.
Llega la enfermera con un aparato de electrocardiograma y le ponen las terminales alrededor de su pecho. Comienza a salir el papelito como si fuera un ticket del súper. La enfermera y el doctor intercambian sus miradas cuando ven el resultado.
- Ve por el especialista.
Llega un doctor con canas y ve los resultados impresos. Le pregunta a Juan Pablo que si le duele el brazo o el pecho: Nada.
- ¿Qué salió? Pregunto.
- Pareciera como si le fuera a dar un infarto al corazón…
Estoy tan agotada de cuidarlo, de llevarlo, traerlo, arreglar lo que descompone, tirar lo que rompe, llorar, de pagar sus cuentas y sus antojos…. Que cierro los ojos y pienso en mi mamá: “Mami, si quieres, ya llévatelo contigo”.
Regresamos a la Sala de Espera.
Para el ingreso, hay que “hacer el papeleo”. No lo puedo creer. La máquina Remigtón está de forma vertical. El encargado de llenar los papeles, la baja. Me asomo y recuerdo mi máquina del Taller de Taquigrafía.
Estoy viendo a la maestra Mireya venir directamente a mí a arrancar la hoja que apenas comenzaba porque tuve la osadía de hacerme para atrás, para quitar mi cubre-teclado y ver la posición de mis dedos.
- Tienes Cero. Me grita.
Entonces al siguiente sábado me emocionaba que mamá decía que íbamos a ir a la Villa y enfrente del Manto Sagrado de la Virgen de Guadalupe con las manos juntas imploraba: “por favor, que se muera la maestra Mireya…” era mi rezo, que repetía y repetía.
De pronto el administrativo dejó de teclear y en eso Benjamín me mandó un “whats” preguntando dónde estaba, y le dije, estoy viendo una máquina mecánica como en la que yo aprendí a escribir. “mándame foto”.
Discretamente tomé mi celular y como “respondiendo” a Benja saqué la foto a través del plástico grueso transparente con la protección metálica, característica de todas las ventanas del psiquiátrico.
- Soy yo, dijo.
- Pásenle.
Entramos. A Juan Pablo le piden sentarse en una camilla, típica de consultorio.
El doctor, demasiado joven, tomó una pluma que sacó de la bolsa de su bata blanca, en la que había un bordado rojo de “50 Aniversario”. No. Me equivoqué. No es una pluma, es una lámpara con la que apuntó a cada uno de los ojos de su paciente.
Estoy pensando que tal vez supone que viene drogado o intoxicado y por eso ve el tamaño de sus pupilas. Con el estetoscopio le escucha los latidos del corazón; luego lo hace respirar lentamente y sacar el aire varias veces. Le toma los reflejos dándole un golpe a cada rodilla.
Llega la enfermera con un aparato de electrocardiograma y le ponen las terminales alrededor de su pecho. Comienza a salir el papelito como si fuera un ticket del súper. La enfermera y el doctor intercambian sus miradas cuando ven el resultado.
- Ve por el especialista.
Llega un doctor con canas y ve los resultados impresos. Le pregunta a Juan Pablo que si le duele el brazo o el pecho: Nada.
- ¿Qué salió? Pregunto.
- Pareciera como si le fuera a dar un infarto al corazón…
Estoy tan agotada de cuidarlo, de llevarlo, traerlo, arreglar lo que descompone, tirar lo que rompe, llorar, de pagar sus cuentas y sus antojos…. Que cierro los ojos y pienso en mi mamá: “Mami, si quieres, ya llévatelo contigo”.
Regresamos a la Sala de Espera.
Para el ingreso, hay que “hacer el papeleo”. No lo puedo creer. La máquina Remigtón está de forma vertical. El encargado de llenar los papeles, la baja. Me asomo y recuerdo mi máquina del Taller de Taquigrafía.
Estoy viendo a la maestra Mireya venir directamente a mí a arrancar la hoja que apenas comenzaba porque tuve la osadía de hacerme para atrás, para quitar mi cubre-teclado y ver la posición de mis dedos.
- Tienes Cero. Me grita.
Entonces al siguiente sábado me emocionaba que mamá decía que íbamos a ir a la Villa y enfrente del Manto Sagrado de la Virgen de Guadalupe con las manos juntas imploraba: “por favor, que se muera la maestra Mireya…” era mi rezo, que repetía y repetía.
De pronto el administrativo dejó de teclear y en eso Benjamín me mandó un “whats” preguntando dónde estaba, y le dije, estoy viendo una máquina mecánica como en la que yo aprendí a escribir. “mándame foto”.
Discretamente tomé mi celular y como “respondiendo” a Benja saqué la foto a través del plástico grueso transparente con la protección metálica, característica de todas las ventanas del psiquiátrico.
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